El guitarrista flamenco finlandés Raul Mannola recibió de niño clases de piano durante un par de años. Más tarde, en casa de un compañero de clase descubrió una guitarra clásica Yamaha y, al probarla, su amigo le comentó que la estaba tocando mal. Aquel comentario despertó en Mannola el deseo de estudiar guitarra y, hoy, actúa por todo el mundo. En el camino encontró al amor de su vida: el flamenco. El Instituto Iberoamericano de Finlandia entrevista al guitarrista, que nos cuenta su camino hacia el corazón del flamenco.
¿Cuál fue tu primer contacto con el flamenco? ¿Cómo llegaste a él?
Mi primer contacto con el flamenco fue a principios de los años 80, en Helsinki, cuando escuché tocar a Víctor Monge «Serranito» en el salón de actos de la Universidad. Una experiencia más importante, sin embargo, fue el concierto de Paco de Lucía en el Kulttuuritalo de Helsinki en 1982. Fue entonces cuando me interesé por el flamenco y quise escuchar más. Por aquel entonces todavía era guitarrista de jazz. El momento decisivo llegó cuando escuché un disco de flamenco tradicional en el que tocaba Ramón de Algeciras, el hermano mayor de Paco de Lucía. Algo ocurrió dentro de mí y mi vida cambió completamente. Decidí que iría a España en cuanto pudiera. En 1986 viajé en autobús desde Helsinki hasta Barcelona y, desde allí, fui bajando hacia Valencia y Córdoba sin un plan demasiado definido. Sabía que quería acompañar al cante flamenco. Por suerte, no tuve que buscar cantaores: ellos me encontraron a mí. En aquella época todavía no había trenes de alta velocidad ni teléfonos móviles, así que la gente hablaba entre sí. De camino a Andalucía, estaba tocando la guitarra en el compartimento del tren cuando un pasajero, que era de Córdoba, me preguntó si quería acompañarle al día siguiente a una fiesta flamenca. Sin pensármelo dos veces fui con él y, unos días más tarde, terminé acompañando por primera vez a un cantaor de flamenco, y, además, sobre un escenario. A través de diferentes casualidades y encuentros acabé viviendo en la Judería de Córdoba, en un lugar al que llamo «el palacio». Aquella fue mi universidad del flamenco. A cualquier hora del día, ya fueran las once de la mañana o las dos de la madrugada, un cantaor y dos amigos podían llamar a mi puerta y nos poníamos a tocar. En el flamenco, el público es importante: si solo están el cantaor y el guitarrista, es un ensayo; pero si hay dos espectadores o dos mil, eso da igual, se trata de una situación real.
¿Compones tu propia música?
Casi todo el flamenco que toco actualmente es composición propia. Toco flamenco de raíz, es decir, profundamente ligado a la tradición, con sus raíces en ella. Hoy en día el flamenco es una disciplina artística muy amplia, pero si no tiene raíz, no me interesa.
¿Qué quieres decir con «flamenco de raíz»?
Si pensamos en el blues y le quitamos ese «feeling» que le es propio, entonces solo queda una música que utiliza determinada forma y vocabulario. Tanto el blues como el flamenco nacieron entre personas que no tenían muchas posesiones materiales y, cuando la vida era dura, la música ayudaba. Cuando tocas y cantas, no importa lo que tengas, si eres rico o pobre; la música se convierte en la mayor riqueza de todas, y ahí reside su magia. Mi relación con el flamenco es muy emocional: si no provoca en mí una reacción emocional, no me interesa.
¿Qué influencias buscas para tu música? ¿Incorporas elementos de otros géneros?
En el flamenco existen unos treinta estilos diferentes, cada uno con sus propias características, que no se pueden mezclar entre sí. Si toco, por ejemplo, una soleá, tiene que sonar a soleá. Tiene que conservar ese aroma, esa raíz. El flamenco que toco es en su mayor parte tradicional, y yo le aporto alrededor de un diez por ciento, quizá algo menos, de elementos propios. La música de raíz se transmite oralmente y se puede comparar con una cadena: cada eslabón necesita del anterior. Hoy en día se hace mucha música en la que solo está presente la forma. Para mí, en el flamenco basado en la tradición se encuentra ese sentimiento concreto. Poco después de descubrir el flamenco abandoné mi carrera como guitarrista de jazz y me sumergí por completo en el flamenco tradicional. No fue hasta quince años después cuando volví a mis antiguos discos de vinilo y empecé a componer música que no tenía por qué ser, por ejemplo, una soleá. Al probar una guitarra de cuerdas de acero que le estaba enseñando a mi hija, descubrí, para mi sorpresa, que después de treinta años sin tocar con púa todavía era capaz de hacerlo. En 2018 fundé el grupo Aurora Clara, con el que tocamos diferentes tipos de música de fusión, desde rock progresivo hasta jazz-rock. Durante seis décadas, muchos géneros musicales han dejado su huella en mí.
¿Quiénes son tus referentes musicales? ¿Podrías mencionar artistas o grupos que te hayan inspirado?
Ramón de Algeciras, porque cuando lo escuché por primera vez en un disco sentí que yo también podría tocar algo parecido. Paco de Lucía es, por supuesto, un referente importante, pero entonces ni siquiera se me ocurrió que yo pudiera tocar de aquella manera, porque estaba muy lejos de mí, tanto musical como técnicamente. En Córdoba conocí a Vicente Amigo y, más adelante, a Manolo Sanlúcar. Estos cuatro han sido mis principales referentes entre los guitarristas, aunque ha habido y sigue habiendo muchos otros. También toco música brasileña, y Baden Powell es para mí otro referente importante.
Foto: Uljana Rättel



