Las esculturas de la ceramista Elena Palomo exploran las emociones, la corporalidad y la identidad, y en ellas se aprecia la huella del patrimonio cultural. El Instituto ha entrevistado a la artista, que ha crecido entre dos culturas, para saber cómo combina en su obra las influencias de los entornos finlandés y español.
¿Cómo ha sido tu trayectoria hasta llegar al arte de la cerámica?
Mi camino hacia el arte de la cerámica no ha ido en línea recta. Desde niña he sido creativa y he hecho cosas con mis manos, pero acabé estudiando Marketing y trabajando en el mundo de la moda, luego en el del diseño y el arte, en puestos relacionados con la comunicación. Las manualidades y la cerámica han vuelto a mi vida poco a poco, gracias a una serie de casualidades. Dibujaba muchos bocetos de esculturas y me di cuenta de que prestaba especial atención a las formas y proporciones que me rodeaban. Echaba de menos trabajar con las manos y plasmar mis ideas, pasar de los bocetos en papel a obras concretas. Empecé practicando por mi cuenta en casa y, después, me formé con el ceramista Sami Rinne en Helsinki. Desde entonces, he participado en una residencia en el sur de Francia y en diversos cursos, donde he profundizado mis conocimientos sobre la cerámica. Actualmente tengo mi propio taller, donde creo mis esculturas y objetos. También es un espacio donde puedo aprender libremente a través de la experimentación y los errores.
Trabajo de forma muy intuitiva. Las observaciones, los pensamientos o los sentimientos cotidianos suelen ser el punto de partida de la forma. La arcilla me permite trasladar un sentimiento interior al material, sin demasiados intermediarios. Trabajar con la cerámica es meditativo y me ayuda a conectar con la tierra, pero también es algo sorprendente y maleable. Siento que, a través de la arcilla y de mis esculturas, consigo conectar con yo profundo y mostrar mi paisaje interior a los demás.
Tus raíces están en España y en Finlandia. ¿Cómo abordas el patrimonio cultural internacional y combinas las tradiciones ceramistas de ambos países?
Las influencias de mis dos culturas se manifiestan más en el plano de la estética, de la arquitectura y de la visión del mundo que en lo que es la tradición técnica. La estética española tiene cierta monumentalidad, espiritualidad y organicidad arraigada a la tierra que reconozco en mi propio trabajo. Me inspiro mucho, sobre todo, en la arquitectura española. También me atraen los monasterios, las construcciones de piedra y la complejidad histórica. Me influyen especialmente las corrientes del modernismo catalán y el Art Nouveau. En los edificios de Antoni Gaudí o Lluís Domènech i Montaner, las formas orgánicas y esculturales crean espacios casi oníricos. El modernismo catalán y la cerámica tradicional española suelen ser muy ricos y exuberantes, y me doy cuenta de que de ahí recojo elementos concretos: arcos, suavidad, movimiento que brota de la naturaleza. No traslado esa ornamentación directamente a mis obras, sino que más bien la condenso y la despojo.
Mis esculturas son considerablemente más minimalistas y creo que en ellas se refleja precisamente la influencia de la estética finlandesa. En Finlandia, el minimalismo, el silencio y la serenidad han influido profundamente en mi lenguaje plástico. Además, la relación de los finlandeses con la naturaleza y las creencias ancestrales —la idea de la santidad de la naturaleza y el animismo— son fuentes de inspiración recurrentes en mi trabajo.
Como artista, ¿qué significa para ti el multiculturalismo?
Siento que crecer entre dos culturas me ha enseñado a ser sensible, a saber interpretar los espacios, las personas y los símbolos. También aporta cierta experiencia de pertenecer al margen, que, en el mejor de los casos, es una herramienta muy valiosa para una artista: permite observar las cosas desde un poco de distancia y crear algo nuevo a partir de ese espacio intermedio en el que, de alguna manera, siento que me encuentro.
¿Con qué materiales trabajas?
Trabajo principalmente con arcilla y utilizo técnicas de modelado a mano, como la técnica de la placa y la del rollo. En mis obras destaco las formas orgánicas, casi óseas, y juego con el equilibrio entre la luz y la sombra. Acabo las superficies creando profundidad mediante el tallado y esmaltándolas varias veces, ya sea con esmaltes blancos mates o con esmaltes metálicos brillantes. Me gusta la lentitud y la maleabilidad de la arcilla, pero con ella hay que tener paciencia. La arcilla tiene memoria. Recuerda cada movimiento brusco y cada energía negativa. En el mejor de los casos, mis obras nacen de la paz y el cuidado.
¿Cómo se refleja la multidisciplinariedad en tu trabajo? ¿Qué aspectos tienes en cuenta cuando combinas, por ejemplo, la cerámica y las obras de vídeo?
Concibo las exposiciones como experiencias integrales. Quiero crear espacios que despierten pensamientos y emociones y le brinden al espectador la oportunidad de adentrarse en un mundo nuevo. Para mí, el arte no es solo una experiencia visual, sino también corporal y espacial; por eso a menudo combino la cerámica con el sonido y, a veces, con el aroma.
Cuando combino la cerámica con el sonido, el aroma o el vídeo, busco que los elementos se complementen entre sí. La función del sonido es, por así decirlo, dar vida al movimiento congelado en la escultura. El aroma, por su parte, crea una huella en la memoria que vincula la experiencia del espectador con algo corporal y personal. La multidisciplinariedad no surge del deseo de hacer «más», sino del deseo de profundizar en la experiencia y crear algo integral y único.
¿Qué otros ceramistas o diseñadores españoles y finlandeses recomiendas?
Entre los artistas españoles, últimamente me han inspirado Berta-Blanca T. Ivanow y María Teresa Capeta, por ejemplo. Entre los ceramistas finlandeses, mis favoritos son Kristina Riska y Erna Aaltonen.






